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Las Comadres de Piedra

LARGO y fatigoso era el camino. Empinados ba­rrancos, llanadas interminables. Todo eso y un panorama de cerros que iban sucediéndose en cadena interminable. Aquel filo brumoso de montañas que se recortaba en el firmamento azul parecía encantado. Un día, dos, cuatro días de camino y parecía que no se iba a llegar ja­más a la meta.

Tras aquel horizonte quebrado de montañas está situado el pueblo de Talpa. Allá el famoso santuario de la Virgen que atrae a muchas gentes, en peregrinación piadosa; las romerías tradicionales de enero, cuando caravanas bien nutridas de hom­bres, de mujeres y niños, van recorriendo a paso lento y cansado los más difíciles y escabrosos senderos.

Antes, más que ahora, se practicaba esta piadosa cos­tumbre de ir a visitar en penosa peregrinación aquella ima­gen de María, una de las tres que en el decir popular consti­tuye el grupo de las hermanas de Jalisco, las tres imágenes de la Virgen que el fervor del pueblo ha colocado en el trono más alto de nuestras devociones.

Cuentan de estas peregrinaciones muchos incidentes curio­sos, muchas leyendas que han servido para ascendrar más hon­damente el amor y la religiosidad de la gente, para entusias­marla más en la práctica de sus devociones tradicionales.

Así las romerías de Talpa tuvieron por mucho tiempo una arraigada preferencia en el ánimo de los devotos de María, representada en aquella imagen. La fecha de salida, los tramos a recorrer cada día, el tiempo que duraba el camino, los si­tios exactos donde tendría que acamparse a cada jornada; todo estaba claramente establecido. Todo estaba prefijado y hasta el género y naturaleza del bastimento que correspondía a cada parte, pues era preciso establecer para los últimos días aquel tipo de alimentos que no pudieran descomponerse con facilidad, aún después del tiempo transcurrido desde su elaboración.

Así caminaban un día y otro, aquellas peregrinaciones. Con presto hacían resonar la hondura de los barrancos con la entonación de alabanzas y cantos marianos; con presto, al mur­mullo de los árboles que se removían al aire abierto de las cumbres, iba a unirse el murmullo de las oraciones rezadas a coro por toda aquella muchedumbre.

No faltaban, como es de suponer, las horas de descanso, en las cuales dejada la oración, podían entretener la marcha y alivianar el camino, contando historias, relatando anécdotas, hasta trayendo chascarrillos más o menos ingeniosos, más o me­nos inocentes.

Esta conversación se animaba particularmente cuando, reu­nidos todos los peregrinos al sesteo de medio día o en el sitio donde tendrían que pasar la noche, podían tejer más descan­sadamente los más sabrosos relatos, las historietas de apare­cidos, las leyendas impresionantes de ahorcados, de muertos que se llevó el diablo y otros hechos por el estilo.

Luego se continuaba la marcha. Otra vez el jadear por las laderas empinadas o por despeñaderos de escalofrío, otra vez las mesetas interminables y el viento helado de las alturas. y el mismo horizonte a la distancia, el mismo cerco de montañas en lejanía llena de bruma… Detrás de aquel último filo azul se asienta la población de Talpa.

La tradición de estas romerías persiste aún, si bien alivia­nada por el servicio de camiones; o aún en el caso de pere­grinaciones a pie, recortada sensiblemente en el solo trayecto de Ameca a Talpa.

Pero todavía ahora sigue viviendo como un hecho verídico que aconteció hace muchos años, siglos quizá, la historio de las comadres de piedra.

Se cuenta que una tal Mucia Jacoba, que así se llamaba la doña a quien aconteció el doloroso caso, que volviendo de pagar una manda que había prometido a la Virgen de Talpa, venía ella renegando y vomitando denuestos a causa de lo es­carpado del camino.

Que la tal Mucia Jacoba, se dice por más señas, era una mujer gorda y morena, de relumbrosas y abultadas carnes que se zangoloteaban así, pesadamente, al subir y bajar de aque­llos peñascales.

Sudorosa y vencida venía la mujer. Ampollados los pies y desgreñada y sucia con el polvo, el viento y el sudor. Quiso cumplirle a la Virgen. Fue a rezarle muy devotamente a su al­tar lleno de luces. La contempló extasiada y el corazón le daba brincos de contento, nada más de ver aquella imagen que re­presentaba lo intercesión poderosa por lo cual pudo alcanzar alguno señalada gracia.

Había vivido momentos de éxtasis. Los ojos se le llenaron de lágrimas y los labios prorrumpieron en muchas frases de amor y de alabanza para la Madre de Dios. Fueron momentos inol­vidables… Parecía que no iba a olvidar aquellos instantes deleitosos, pero ya ahora, al regreso, no se acordaba de nado. Tan cansada y agotada venía, que todo era ahora proferir los más enconadas expresiones, los denuestos y palabrotas más fuertes cada vez que el filo de una piedra hería sus pies adolo­ridos, o la hacía tambalearse pesadamente a punto de rodar con toda su humanidad.

Mucia Jacoba tiró al olvido todos aquellos deliquios celes­tiales que llegó a vivir frente a la imagen de la Virgen. Ahora no quería saber nada de aquello, ahora no hacía sino dolerse y maldecir el momento en que se tiró al comino poro venir a Talpa.

Y bajando por un cierto lugar pedregoso y áspero, ya al caer el sol del tercer día de camino, vino a encontrarse con Ti­burcia Petra, que no menos voluminosa que ella, venía gimien­do y llorando por el pedregal, dirigiéndose también a pagar una manda rumbo al Santuario de Talpa.

Ante su comadre Tiburcia se desbordó el descontento de Mucia Jacoba… Que no le hiciera, que en qué cabeza ca­bía el tirarse a pie por un camino tan largo y tan difícil, que la viera nada más, que tomara cuenta del estado en que venía, qué manda ni qué manda … la “Güerita” allá en su trono tan descansada y llena de luces, y ella sufriendo aquí la dureza del camino y el consancio…

Aseguran que fueron tan convincentes y expresivos los ra­zonamientos de Mucia Jacoba, que su comadre se dió la media vuelta dispuesta a regresarse dejando en el aire su promesa de visitar a la Virgen de Talpa.

Que fue nada más el disponerse a regresar, dice la leyen­da, porque en aquel instante mismo las dos comadres queda­ron convertidas en dos enormes piedras, dos piedras que pue­den verse todavía a la mitad de una cuesta que ha venido a conocerse de este modo: la cuesta de las comadres.

Leyendas, invenciones piadosas, hechos fantasiosos que todavía hoy se refieren los caminantes que van en romería al santuario de Talpa… Empinadas cuestas, profundos barran­cos, lIanadas interminables. Pero el cansancio no hace otra cosa que refrescar el aviso, recordar la admonitoria leyenda de las comadres de piedra.

One comment

  1. [...] Las comadres de piedra. [...]



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